salinas de Porto-Vecchio, Córcega información

Las salinas olvidadas de Porto-Vecchio. Un paseo por las salinas del extremo sur

Vista desde las nubes, la Ciudad de la Sal ofrece a las aves migratorias un paisaje impresionante, fragmentado en un sinfín de espejos de agua salada. Los flamencos rosados empiezan su descenso hacia las marismas de Portivecchju, quizá viéndose a sí mismos en los reflejos del cielo azul; una garza real, unos cuantos cormoranes e incluso una pareja de martines pescadores ya se relajan en las aguas poco profundas de los «Salini», que hoy el hombre ha dejado en manos de la naturaleza.

Claro, la paz no es total. Cada vez hay más visitantes a medida que el tiempo se va calentando, las playas se llenan y la ciudad se va llenando con la llegada de turistas…

Porque la gente viene aquí, a las salinas de Porto-Vecchio, para disfrutar de la ornitología o para tomarse un respiro lejos de los excesos del turismo de playa. También vienes para entender las relaciones históricas —y complicadas— que la Ciudad de la Sal mantiene desde hace milenios con el oro blanco.

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Vuelo sobre las salinas
Vista aérea de las salinas de Porto-Vecchio
La naturaleza recupera su libertad en las salinas de Porto-Vecchio

Las salinas de Córcega, una historia milenaria

Podríamos darle a César lo que es de César, o mejor dicho, a los romanos lo que les corresponde: fueron ellos los primeros en traer a la cuenca mediterránea, y a Córcega en particular, la técnica de las salinas, un sistema que permite que el agua del mar circule por grandes superficies a poca profundidad. Este proceso, sencillo pero ingenioso, favorece la evaporación progresiva del agua, hasta que se forman los cristales de sal en los últimos estanques (a los que se llama «oeillets»).

Pero basta ya de tecnicismos. Avancemos mejor en el tiempo hasta mediados de la Edad Media: hace ya siglos que la sal juega un papel fundamental en la alimentación, la conservación de los alimentos y, en general, en la economía de las sociedades. Así que uno podría pensar que Córcega, al igual que la Camarga, supo aprovechar este recurso para obtener grandes riquezas…

Pero no es así. Sin embargo, las salinas sí se explotaban entre los siglos XIII y XVI, según los historiadores Antoine-Marie Graziani y Alain Gauthier, coautores del libro «Sel et salines en Corse». Al parecer, los isleños llevaban mucho tiempo recolectando el «oro blanco» cerca de Bonifacio (en Sperone), de Saint-Florent, de Calvi o incluso de Ajaccio; de hecho, un barrio en el que yo mismo he vivido se llama «Les Salines».

Pero luego la política dominante dio un giro: las autoridades de Génova, que como ya sabes siempre han sido hostiles a la autonomía económica de los corsos, se esforzaron por sofocar cualquier intento de explotación, contrabando y enriquecimiento gracias a la sal, imponiendo unos impuestos prohibitivos y destruyendo después las antiguas salinas de Sant’Amanza (a las afueras de Bonifacio) y cualquier otra instalación que pudiera amenazar la hegemonía comercial de la República de Liguria. Todo esto se debía, pues, a una motivación política más que material.

Así, la isla, lejos de asegurar su prosperidad gracias a los tesoros del mar, se vio despojada de su saber hacer durante casi 300 años.

La recuperación de las salinas de Porto-Vecchio

Por suerte, el viento volvió a cambiar, esta vez para bien, bajo el efímero Reino Anglo-Corsario que había creado Pascal Paoli. En 1795, el rey Jorge III concedió a la familia de Rocca Serra, originaria de Porto-Vecchio, el derecho a gestionar las salinas de la costa sureste de la isla. La puesta en funcionamiento de los «Salini» de Portivecchju supuso un rápido auge de la producción de sal, sobre todo en la época napoleónica. En una superficie de unas diez hectáreas, entre el puerto y el estuario del Stabiacciu, las salinas se trazaron siguiendo un plano heredado de los antiguos, creando al mismo tiempo un paisaje único en Córcega, entre el mar y la ciudad fortificada.

Fue durante ese periodo cuando la ciudad se ganó el apodo de «Ciudad de la sal». En su apogeo, durante los tres meses de verano, los salineros y paluderos de la ciudad recogían hasta 1.000 toneladas de sal al año, una sal marina muy apreciada por su calidad y su gran poder salino, superior a la media.

Las salinas de Porto-Vecchio en el pasado - J. Moretti
Las salinas de Porto-Vecchio en el pasado – J. Moretti

Pero, fieles a su historia llena de altibajos, las salinas de Portivecchju sufrieron una nueva paralización, mucho más reciente: en la década de 2000, en un contexto de conflictos entre clanes y de caída de la rentabilidad, la familia de Rocca Serra puso fin a 200 años de explotación de la sal.

¿Habrá mañana un museo de la sal en Porto-Vecchio?

Un mal por un bien… Porque, mientras se espera un hipotético proyecto impulsado por el antiguo concejal Camille de Rocca-Serra (que tendría como objetivo crear las salinas del futuro, con una explotación de productos derivados de la sal, un pequeño museo, un recorrido de visitas guiadas, así como un espacio de ocio y eventos), las salinas han dado paso a la vegetación y a la fauna local. Las avutardas, que ahora viven allí de forma sedentaria, se sienten a gusto bajo la mirada de los paseantes, tanto locales como extranjeros.

Cualquiera puede dar un paseo por las marismas; allí aún se pueden ver los restos —tablones de madera que separan los pantanos, raíles de transporte, el sistema de bombeo, ruinas de almacenes y casas de los salineros— de la industria de antaño, carcomidos por el mar y el paso del tiempo. El lugar se ha convertido en un sitio tranquilo, ideal para la biodiversidad y perfecto para la contemplación.

Lo que nos hace preguntarnos: ¿podemos esperar que se le reabilite?

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